Quizás conozcas la siguiente situación, en la que aparecen barreras enormes que impiden que haya sinceridad: “La ultima reunión fue un desastre. Nadie escuchaba a nadie. Pero hubo un momento en el que Juan lo domino todo: hablo de la sospecha que había contra Marcela, y ya te puedes imaginar lo que ocurrió. Ella se defendió con uñas y dientes, lo que provocó una trifulca lamentable. Cosa extraña, ya que solo estábamos discutiendo el presupuesto.

Pero siempre es así: empleamos el 90% del tiempo intentando lavar la ropa sucia y solo dedicamos el 10% restante a los asuntos que tenemos que resolver. Además, ese 10% queda siempre para el final y acabamos tomando decisiones importantes con prisas, porque se termina el tiempo. Las ultimas diez reuniones han sido casi idénticas. ¿Hay alguna otra forma de hacerlas? “

En muchas de nuestras conversaciones entre dos o más hay una falta de sinceridad manifiesta, que se produce por varios motivos. Esto hace que se perpetúen las ilusiones sobre la verdadera capacidad de los participantes, de forma que nos formamos imágenes irreales de los demás. Mucho tiempo, mucha energía y mucho dinero se pierden en estos juegos de simulación.

El miedo a ser tratados con aspereza hace que algunas personas no participen, mientras que otras no lo hacen por su temor a herir los sentimientos ajenos y a que sus propias habilidades de comunicación no sean lo suficientemente buenas y, finalmente, el miedo a la venganza o a las represalias bloquea a casi todo el mundo. Por todo ello, los asuntos indiscutibles nunca salen a la superficie y la falta de sinceridad y de apertura tiene el efecto de una mordaza. Ni la organización ni el equipo consiguen ir hacia delante.

Extraído del Libro VALORES EN LA EMPRESA


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