Hay dos caras de la misma moneda; una persona que desea vivir plenamente como ser humano necesita entender que la existencia de la propia individualidad, con su carácter único, debe ser reconocida como tal, tanto como la existencia de lo colectivo. Uno no puede existir sin los demás, aunque algunas personas han llegado a ambos extremos con resultados muy perjudiciales. Los sistemas que desarrollan el aspecto, colectivo a expensas de lo individual llegan a ser rígidos, autocráticos, crueles y no creativos, a menudo imponen una uniformidad estéril en el pensamiento y en la acción humanos creyendo que ese es el camino para mantener la armonía y el orden. Los sistemas (tanto si son sociales, como religiosos o políticos) que desarrollan el individualismo por encima de cualquier cosa, crean narcisismo y autocomplacencia, y acaban en una sensación de aislamiento personal. Esta alineación es a menudo el resultado del no desarrollo de valores de tolerancia y aceptación, que son una parte muy necesaria de la coexistencia humana.

Las personas que han descubierto verdaderamente el valor del yo nunca se encerrarán en ellos mismos ni exagerarán su valor con una identidad ilusoria basada en etiquetas y éxitos externos.

Alguien que verdaderamente haya encontrado el valor del yo por encima y más allá de las etiquetas, el nombre, la fama y la aprobación, puede cooperar efectivamente en la colectividad y interactuar adecuadamente.

Estas personas no sólo sienten que forman parte del todo sino que, lo que es aun más significativo, el colectivo siente que ellos forman parte del todo.

En la naturaleza, cuando los pájaros tienen que volar hacia un clima más cálido en invierno, van en bandada y empiezan su viaje como un colectivo. El éxito del viaje depende del colectivo: si un pájaro no se une al grupo no conseguirá llegar al destino él solo. Los pájaros vuelan, en una formación especial, con un espacio adecuado entre ellos.

Si vuelan demasiado juntos los unos de los otros, sus alas se enredarán, perderán el equilibrio y se caerán. Si permanecen demasiado lejos los unos de los otros, no se habrá creado adecuadamente la formación y no podrán surcar las corrientes de aire, que les ayudan a impulsarse en su vuelo. Además, el líder de la formación no es siempre el mismo en todo el vuelo, sino que se va atrás y permite a otros tomar su sitio. Este cambio de posiciones sigue produciéndose en todo el vuelo hasta llegar a su destino, permitiendo a cada pájaro contribuir en el éxito del viaje.

La realidad de la vida es que somos individuos que formamos parte de un todo colectivo.

Si el colectivo respeta el espacio del individuo, funciona para preservar las aspiraciones y las diferencias individuales. En cambio, si el colectivo no respeta este espacio, se vuelve represivo. En resumen, el individuo tiene que respetar el colectivo y no llegar al extremo de los derechos personales, y el colectivo debe respetar al individuo y no llegar al extremo en su uso del orden.

Extraído del libro: PENSAMIENTO ORIENTAL PARA LA MENTE DE OCCIDENTE
Autor: Anthony Strano.
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