Para que cualquier actividad o relación permanezca armoniosa debemos saber hasta dónde intervenir y hasta qué punto retirarnos.

Es como un jardinero que siembra semillas cuando corresponde, entra en el jardín, interviene, para sembrarlas y regarlas, y luego se retira para permitir que la naturaleza haga su trabajo. Sin embargo, de vez en cuando, vuelve a intervenir y entra en el jardín para ver si hay suficiente agua, si algún insecto ha atacado las plantas, si necesitan abono. Su papel consiste en encontrar el espacio adecuado para que surja la potencial belleza y la singularidad que hay en las semillas; el jardinero no crea las flores pero facilita su expresión.

El jardinero no interviene demasiado; a eso lo llamaríamos una interferencia.

Después de sembrar las semillas, no pide un resultado inmediato; no remueve la tierra al día siguiente para ver si han brotado. Él desempeña su papel, cumple con su obligación, pero se va porque entiende que la floración no depende de él. Pero tampoco se aleja demasiado. Si lo hiciera, las plantas morirían por falta de cuidados o los insectos y las malas hierbas se apoderarían de ellas. No se aleja tanto como para aislarse él mismo del proceso que está teniendo lugar. En vez de esto, para saber cuándo intervenir y cuándo retirarse, crea una asociación respetuosa con la naturaleza.

De la misma manera, nosotros tenemos el deber, o más bien el honor, de sembrar semillas positivas de buenas intenciones, respeto y tolerancia, a la vez que permitimos que los demás y las fuerzas del universo tengan su espacio para funcionar y responder de acuerdo con su tiempo y carácter.

Muy a menudo sembramos estas semillas, pero queremos un resultado inmediato: “He tenido ya mucha paciencia, pero no hay ningún cambio”, o bien: “¿Durante cuánto tiempo tengo que ser tolerante? Me siento reprimido”. Nos atamos a lo que hacemos, en consecuencia no hay espacio para las cosas que suceden en su propio y adecuado momento. A veces tenemos el tipo de misericordia equivocado, o queremos tomar el control, pensando que sabemos mejor lo que hay que hacer, así que intervenimos demasiado en la vida de las personas. Esta interferencia y falta de espacio libre provoca antagonismo, resentimiento y conflicto con los demás.

En otras ocasiones, nos hartamos de los demás; nuestra tolerancia y empatía se reducen completamente y decimos: “Ya tengo bastante”, o bien: “Tengo que dedicarme a lo mío”, y entonces nos retiramos, pero de una forma egoísta, aislándonos de los otros o de las situaciones. Justificamos o disfrazamos este rechazo y aversión con frases como: “Necesito mi propio espacio”, o bien: “Que los demás se arreglen solos”. En realidad es que ya no nos apetece; nos hemos retirado demasiado porque no hemos cultivado la comprensión paciente que permite que lo bueno y positivo germine y crezca a su debido tiempo.

Es un arte saber cuando dar un paso hacia atrás y cuando dar un paso hacia delante, pero es un arte muy necesario si ha de conseguirse el bienestar.

Extraído del Libro PENSAMIENTO ORIENTAL PARA LA MENTE OCCIDENTAL.
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