La armonía, el bienestar y el cumplimiento de los propósitos individuales sólo son posibles cuando nuestra conciencia es inclusiva en vez de excluyente. Cuando la gente, tanto a nivel individual como colectivo, es excluyente, es decir, cuando se basa en prerrogativas y privilegios, entonces la armonía, la paz y el amor se pierden, tanto en el individuo como en la sociedad. Los individuos, las sociedades, las naciones, las religiones y los políticos son excluyentes cuando se atribuyen un don o una posición particulares.

Mientras que es sano y necesario valorar quién eres, lo más enfermizo y violento es apegarte a tus cualidades particulares, haciendo sentir inferiores a los demás porque no poseen esas mismas cualidades. La razón para el conflicto, en cualquier nivel, es casi siempre este sentido del derecho a dominar o suprimir a los demás porque nos sentimos mejores en uno u otro aspecto.

Cuando aprendamos a complementar más que a competir tendremos Paz y, sobre todo, amor propio.

El amor propio significa reconocerme como soy, sin dañar o compararme con los demás. Todos nosotros tenemos un lugar en la vida; conozcámoslo, disfrutémoslo, expresémoslo como nuestro derecho, pero no lo exageremos nunca porque sintamos que nuestro papel o nuestra posición es “más avanzado” o “mejor” que los demás. A veces, cuando hay una sensación de ineptitud personal o colectiva, surge la necesidad de ser reconocidos, lo cual crea ataduras con los privilegios y las prerrogativas.

Cuando el sentido de la identidad se basa en eso, crea exclusividad.

La naturaleza funciona con el principio de complementariedad. Esto puede verse en las estaciones, el día y la noche, el proceso cíclico y continuo del nacimiento, crecimiento, madurez, declive, muerte y renacimiento.

Incluso nuestros cuerpos funcionan con ese principio. ¡Mirémonos a la cara! Cada cara tiene dos ojos, una nariz, una boca, dos orejas, todo en la posición correcta y funcionando de una forma adecuada.

¿Qué es lo más importante? Si decís que los ojos son lo más importante, entonces ¿preferiríais tener tres ojos y ninguna nariz? O si decís que la nariz es más importante, entonces ¿preferiríais tener tres narices y ningún oído? No podemos pensar así, porque es absurdo e ilógico.

Cada rasgo tiene el mismo valor y cuando reconocemos el mismo valor en todas las cosas, entonces dejamos de comparar ilógicamente, de competir, de sentirnos superiores o inferiores y de esforzarnos para ser aquello que no somos. En una sociedad que funciona, ¿cualquiera puede ser médico, constructor o panadero? Todos tenemos diferentes dotes y posiciones debido a que en la sociedad hay distintas tareas que deben realizarse para que todo funcione bien.

Extraído del Libro PENSAMIENTO ORIENTAL PARA LA MENTE OCCIDENTAL
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