El miedo aparece todos los días y con frecuencia en nuestras vidas en la forma de estrés, inquietud, ansiedad y una variedad de otras formas negativas que proliferan. Por ejemplo, el estrés es una de las grandes enfermedades del siglo XXI. Originalmente, la palabra “estrés” se usaba en inglés sólo en el sentido de presión o tensión ejercida sobre una máquina: los ingenieros calculaban el estrés para asegurarse de que una máquina funcionara correctamente. Sin embargo, poco a poco el término se fue haciendo más popular para describir el estado de los seres humanos. Cuando intentamos describir el estrés, una cadena entera de palabras como “empujón”, “presión”, “más” o “plazo” nos vienen a la mente. Tener que producir, que hacer cada vez más y que sea cada vez mejor, crea mucha tensión, que proviene del miedo de no ser capaz de conseguir el resultado a tiempo. Los valores materialistas de obtener, tener, acumular y superar a los demás en la forma de ambición, competitividad y posición producen mucho estrés.

Cuando estamos estresados, sin duda estamos sobrecargados. Pensamos y hablamos demasiado y reaccionamos de forma exagerada, lo cual afecta al cuerpo y a la mente negativamente. Lo peor es que eso se convierte en una costumbre, que a menudo no se controla, y así el simple remedio de parar y relajarse no se considera como un remedio. Algunos llegan a considerarlo una inútil pérdida de tiempo.


Sin embargo, antes de explorar cómo superar el miedo en general, examinemos algunos tipos de miedo que sufrimos los seres humanos:

A lo desconocido – por ejemplo a la muerte o a una situación nueva.

A la soledad – a veces la gente teme a la soledad hasta el punto que no pueden soportar estar solos y prefieren perderse en relaciones y actividades superficiales.

Al futuro – el aumento de las crisis en el mundo, sean políticas, económicas, medioambientales o sociales, crea o añade miedo individual o colectivo al futuro.

A la enfermedad – a veces debido a su miedo a la enfermedad, la gente empeora las dolencias que padecen o viven atemorizados de contraer algo terrible.

A los demás – suele ser el miedo peor: el miedo a la ira, el rechazo, el juicio y la violencia de los otros.

Al fracaso – algunas personas evitan hacer algo, o deciden no actuar, debido a que el miedo a fracasar paraliza su iniciativa y su confianza.

A la autoridad – puede tratarse del miedo a un padre o a un director o hasta a Dios. Debido a que frecuentemente se ha hecho un mal uso de la autoridad, o que ésta ha sido mal representada; para controlar y anular a la gente, se ha convertido en una fuerza negativa, tanto personal como colectivamente, en la sociedad.

Hay muchas razones para estos miedos, pero las principales incluyen:

• Experiencias pasadas, que conllevan decepción, inseguridad o recelo.
• Falta de fe en uno mismo y en los demás.
• La necesidad de aprobación, de pertenecer o de ser aceptado.
• El hábito de ver las cosas negativamente.

Uno de los grandes productos del miedo es la duda.

Cuando una persona está perdida en la duda, no puede creer en soluciones y respuestas, ni siquiera para experimentar con ellas o de tratar de ver si pueden funcionar. La duda en una forma extrema crea tanta incertidumbre e inseguridad que la persona sufre de una parálisis mental e incluso emocional. Se produce un bloqueo o una situación de pánico en la que no hay iniciativa positiva que sea posible. La mente está acosada por preguntas: “¿cómo?”, “¿cuándo?”, “¿por qué?” o “¿qué?”. En realidad, las preguntas no se plantean para encontrar respuestas sino para prolongar la vacilación, o para mantenerse uno a la defensiva, o en un estado de no compromiso, sin que en realidad se escuche ni se quiera saber. Investigar es algo distinto de dudar; cuando investigamos, planteamos preguntas constructivas y se produce una receptividad al aprendizaje y una buena disposición a experimentar.

Cuando hay cualquier tipo de miedo, que puede expresarse a través de la duda, los celos, el secreto o la competitividad, no hay receptividad ni buena disposición. En el centro de todo eso está el miedo a perder una persona, una posición, una posesión o la propia imagen. Todos los miedos, tanto los sutiles como los groseros, causan dependencia, expectación y, en último término, conflicto, con el propio yo o con los demás.

¿Cómo podemos superar el miedo?

Antes de participar o de reaccionar, a menudo necesitamos relajarnos, calmarnos y observar para que nuestra contribución sea apropiada y positiva.

Aprender a observar:

•    ¿Cómo me veo a mí mismo?
•    ¿Como alguien valioso?
•    ¿Con el derecho a ser?
•    ¿Puedo afrontarme a mí mismo?
•    ¿Me gusto, acepto y respeto a mí mismo?


•    ¿Cómo veo a los demás?
•    ¿como amigos?
•    ¿como enemigos?
•    ¿como maestros?
•    ¿como soportes?
•    ¿como extensiones mías?
•    ¿como objetos de valor?


•    ¿Cómo veo la vida? Ante todo como:
•    ¿Alegría o dolor?
•    ¿Un regalo o una maldición?
•    ¿Un juego o una batalla?
•    ¿Aprendizaje o pérdida?


Si recorremos estas preguntas despacio y con calma, y nos tomamos el tiempo para pensar sobre ellas, las respuestas nos harán conscientes de si estamos construyendo muros o puentes en nuestra vida. ¿Hay sólo puentes o sólo muros o ambas cosas? ¿Más puentes o más muros? La respuesta negativa es un muro; la positiva es un puente.


He aquí algunas formas de construir más puentes y menos muros:


Confianza
Aprende a confiar, porque confiar en uno mismo, en los demás y en la vida abre posibilidades imprevistas. No te preocupes demasiado si te engañan, si el otro no dice la verdad, si, si, si…
Deja estos “si” y actúa. Como se suele decir: “Quien nada arriesga, nada gana.”

Fe
Salta por encima de las barreras; no las conviertas en excusas. Si no aceptamos retos, nuestra vida es una vida de “aburrida seguridad” cuyo fundamento está en el miedo a la novedad y al cambio. Puede parecer cómoda y segura, pero es de una seguridad ilusoria, que puede romperse en cualquier momento, de cualquier forma.

Aceptación
Los errores, los contratiempos, los fracasos, las decepciones forman parte del proceso de crecimiento y de conocimiento, y no hay que condenarlos o temerlos. Todo ser humano los ha experimentado o los está experimentando, y los continuará experimentando.

Ser liviano
Todas las cosas tienen su significado y, si no ahora, al fin, entenderemos ese significado. Es sano para la mente y el cuerpo no cargar con el peso de la exageración y la falta de perspectiva.

La vida es un juego
Conoce las reglas y juégalo bien. Un buen jugador entiende, por eso es tranquilo, tolerante y flexible, no se queda atascado en una jugada, un movimiento u otro jugador durante demasiado tiempo, concede el respeto y la atención debidos, pero sigue adelante. Un buen jugador desempeña en el juego el papel que le corresponde y no intenta desempeñar el de los demás.

Amor propio
Reconozcamos nuestra realidad espiritual como seres humanos con recursos de calidad en su interior que tienen siempre que estar abiertos para usarlos. No necesitamos aceptar falsos apoyos del exterior, como un nombre, fama y elogio. Somos lo que somos por lo que hay en nuestro interior. Nuestro punto de referencia es lo que de eterno y valioso hay en nuestro interior; entonces no puede darse el miedo a recibir daño.

Silencio y perspectiva positiva
Cuando nos damos cuenta de la importancia de estar en silencio y quietud de vez en cuando, entonces nuestra positividad hacia el yo y la vida se reexamina y renueva. De lo contrario, la velocidad e inmensidad de las fuerzas negativas, provengan del yo o de los demás, sin duda nos harán temerosos.

Alejémonos de las presiones de la vida y aprendamos a romper las cadenas del miedo que nos atan y nos impiden progresar espiritualmente.


Extraído del libro Pensamiento Oriental para la mente Occidental